El último unicornio
La figura mítica emerge como una presencia casi sagrada, avanzando con solemnidad entre agua, bosque y una atmósfera nocturna de intensa carga simbólica. El cuerno luminoso, alineado con la luna, establece una relación directa entre lo terrestre y lo celeste, reforzando la idea de una criatura que pertenece tanto al mundo natural como al imaginario.
La composición se sostiene sobre una paleta azul-violeta atravesada por destellos plateados y dorados, lo que otorga a la escena un carácter de ensoñación cuidadosamente construido. La pincelada densa y la materia acumulada no suavizan la imagen, sino que le dan una presencia física contundente, casi táctil, que contrasta con la delicadeza del mito.
Desde una lectura contemporánea, la obra no se limita a ilustrar una fantasía; la reinterpreta como un icono de pureza, misterio y resistencia. El unicornio aparece aquí no como adorno, sino como emblema de una belleza inaccesible que atraviesa el paisaje con una dignidad silenciosa y absoluta.